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Estrellas de la ciencia que nunca llegaron a brillar

Las calculadoras de Harvard: Estrellas de la ciencia que nunca llegaron a brillar

Mujeres estrellas de la ciencia

En 1885 Harvard era la mejor universidad de Estados Unidos, pero, a pesar de contar con los científicos más brillantes la astronomía de la época estaba poco avanzada. Aunque la institución contaba con uno de los mejores telescopios, el universo aún era un gran desconocido.

Al mando del observatorio estaba Edward Charles Pickering, reputado astrónomo con una marcada inquietud por conocer todo del cielo más allá de las estrellas y desvelar todos los secretos del universo, pero ese era un proyecto ambicioso y muy costoso que Harvard no estaba dispuesta a financiar.

Los proyectos de Pickering interesaron a la fundación “Henry Drapel Memorial”. Esta fundación, encabezada por la viuda de Drapel quien fuera un médico y aficionado a la astronomía, contaba con importante documentación y espectros estelares (datos referentes a la luz recibida de las estrellas). Como homenaje al que le dio nombre, la fundación financió con una importante cantidad de dinero el proyecto de Pickering que según diversas fuentes de la época el aporte ascendía a la cifra de 400.000 dólares de aquellos tiempos.

El proyecto echó a andar, pero uno de los trabajos que estaban por hacer era la catalogación del cielo, es decir, la clasificación de las más de 10.000 estrellas del firmamento. Un trabajo arduo pero rutinario que acabó resultando mucho más importante de lo inicialmente previsto, ya que en el curso de los trabajos se realizaron descubrimientos indispensables para la comprensión del universo. El trabajo era cada vez mayor por lo que Pickering necesitaba personal para realizar el procesamiento de toda aquella información.

Era la segunda mitad del siglo XIX y los estudios universitarios y los trabajos cualificados estaban destinados sólo a hombres, las mujeres quedaban rebajadas al cuidado de la casa y la familia, y para profesiones antes denominadas “para mujeres” como costureras, maestras o criadas. Si a día de hoy se sigue luchando por eliminar la brecha salarial entre hombres y mujeres en aquellos momentos a una mujer se le pagaba poco más que a un esclavo.

Precisamente en Harvard el médico y docente Edward Clarke advertía en su libro Sex in Education (1873) que el desarrollo intelectual en las mujeres jóvenes afectada su capacidad reproductiva, sin embargo, Pickering que era un hombre progresista les dio empleo en donde pudieran desarrollar su intelecto.

Otras fuentes señalan que el motivo de Edward Pickering, en contratar mujeres se debía a que si contrataba a mujeres le permitiría tener más personal a su cargo por el mismo precio que si contrataba a hombres.

Lo cierto es que el primer fichaje del director del observatorio fue su propia sirvienta, Williamina Fleming, una emigrante escocesa abandonada por su marido tras quedarse embarazada y que en poco tiempo pasó de sacarle brillo a la cubertería de Pickering a descubrir notables hitos celestes, como la nebulosa estelar Cabeza de Caballo o las enanas blancas. Mina, como se le conocía en Harvard, capitaneaba a esas estrellas de la ciencia conocidas como “Las calculadoras de Harvard”.

Detrás de “Las calculadoras de Harvard” se esconden los nombres, además de Williamina Fleming, el de Antonia Maury, que estableció un sistema para clasificar los astros que marcaría un antes y un después en la historia de la Astronomía, o Annie Jump Cannon, unos ojos que nunca se cansaban de mirar al cielo y era capaz de reconocer tres estrellas en un minuto, estudiando para ello el espectro de misión estelar que es como el código de barra de las estrellas, un sistema de clasificación usado en la actualidad.

Otra de las calculadoras de Harvard fue la astrónoma Henrietta Swan Leavitt, una mujer que no recibió ningún honor y casi desconocida para la humanidad sin embargo preparó el terreno para que más tarde Albert Einstein y Edwin Hubble hicieran descubrimientos que cambiarían el mundo. Descubrió la Ley de Leavitt que le permitió a Edwin Hubble en 1929 descubrir que el universo se está expandiendo, uno de las mayores revelaciones del siglo pasado. La ley de Leavitt continua usandose para medir distancias en nuestro universo.

Mujeres brillantes como Cecilia Payne-Gaposchkin, que descubrió que las estrellas estaban formadas por hidrógeno, y que el hidrogeno y el helio se encuentran en el sol un millón y mil veces más que en la tierra. Muchas astrónomas después de ella se han inspirado en su trabajo como por ejemplo Joan Feyman, la primera mujer física que explicó las auroras boreales. También a una de aquellas mujeres estrellas de la ciencia, Vera Rubin, le debemos la certeza de la materia oscura en el universo.

Se calcula que en los más de 40 años que duró el proyecto, las mujeres de Harvard analizaron más de 500 mil placas fotográficas obtenidas por observatorios de Norteamérica, Perú, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Chile.

Sus nombres no los encontramos en los libros de ciencia. Estrellas en la ciencia que nunca llegaron a brillar, mujeres anónimas que no tuvieron acceso al olimpo de los grandes nombres.

Ellas no firmaron sus descubrimientos. Gracias a su labor de clasificación y catalogación de 10351 estrellas, Edward Charles Pickering pudo publicar el catálogo definitivo con el nombre de “Catálogo Henry Draper” en honor al benefactor con cuya donación comenzó todo.

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